La columna de opinión de Suzana Herculano-Houzel, «El cerebro del fugitivo», sigue a un aspirante político cuya ambición nace de ver a su padre ocupar el cargo más alto que puede imaginar. Aunque más tarde encarcelaron a su padre, escribe la columnista, sus seguidores continuaron absolviéndolo y elogiándolo. Como comparte su apellido y se le parece mucho, el hijo se imagina en el mismo puesto y convierte esa imagen en una meta.
El aspirante se convierte entonces en estratega y busca convencer a los partidarios de su padre de que él es el candidato más fuerte de la familia. Al entrar en la contienda, consigue el respaldo de donantes adinerados y financia tres campañas de marketing consecutivas. Su objetivo es asociar a su oponente con los problemas que viven los votantes, incluso cuando esos problemas se derivan del propio padre del candidato, señala la columna. Las campañas ayudan a desviar la atención de los escándalos que rodean al candidato.
Convencido de que la victoria está a su alcance, el candidato empieza a revelar sus planes. Pero una campaña de base, impulsada por la oposición al futuro que él representa, moviliza a más de 10 millones de personas para que voten por la posibilidad de un desenlace diferente. El candidato pierde.
Herculano-Houzel describe su reacción como un cálculo, no como un sentimiento de injusticia: reconoce que el rechazo público hacia él contribuyó a su derrota. Al ver que se le cierran las puertas en su país, incluida la posibilidad de acabar en una celda, considera que el aeropuerto es la única vía que le queda para salir. La columna concluye llamándolo fugitivo.
Fuentes: Folha Ciência.